Algunos amigos se conocen en un boliche, otros en el cole, o en un laburo de telemarketing. Nosotras no.
Un viento de octubre sopló fuerte y nos amontonó en un lugar, por lo menos, raro:
una oficina pulcra, impecable, a metros del Obelisco, que oficiaba de cuartel general de producción de una banda punk, en la que, por motivos largos de explicar, desfilaban trajeados ejecutivos de multinacionales, músicos andrajosos, managers prometedores, dealers módicos, periodistas y esos aspirantes a celebrity que anticipaban la llegada de la próxima década, la del genocidio neoliberal.
Y ese punto de encuentro era un poco una metáfora del amplio espectro por el cual hacíamos equilibrio en nuestras vidas, el escenario y telón de fondo en el que las tormentas de la edad iban enroscando pulsiones vitales en la cresta de los días, superponiendo luchas de principios, batallas perdidas, trucos de supervivencia, deseos impostergables.
Ahí el destino me cruzó con un tsunami sensible, una energía femenina inefable, imposible de ignorar: mi amiga eterna, a cualquier distancia, Stella Maris Lauría. Locutora, artesana, maga pirucha de varita escondida, una ráfaga poética que te ametralla en real time.
También escribe, por suerte, y entonces podemos compartir algunos fragmentos de esos filosos y bellos recortes que pasan por sus labios a toda velocidad, en el espacio libre entre un mate y otro.
El amor se la llevó a NY, pero este texto de Stella que quiero dejarles, lo había escrito un tiempo antes de partir.
Enjoy:
Boedo
irrumpió en mi vida cuando casi sin razones aparentes un huracanado deseo me
llevó a transitar sus calles. A tus calles. Las calles que transito en un otoño
caluriento pesado y húmedo aunque las hojitas igual caen respetando sus ciclos
naturales.